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DIGNA OCHOA

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La noche del 19 de octubre de 2001, Digna Ochoa y Plácido, abogada y activista de derechos humanos, yacía boca abajo sobre uno de los sillones de su despacho, ubicado en el centro de la Ciudad de México.

Tenía un disparo en el muslo izquierdo, otro en la cabeza, y su cabello negro -que llegaba a la altura de las orejas- le cubría el rostro ensangrentado. Estaba muerta.

El cadáver de Ochoa tenía moretones a la altura del muslo derecho, en el cuello, la ceja izquierda y el lóbulo derecho; y en el centro de sus labios había marcas como si se los hubiera mordido fuertemente. Al lado del menudo cuerpo de la mujer veracruzana, de 37 años, había un trozo de papel.

Pros, hijos de puta, si siguen así, a ustedes también les va a tocar. Conste que bajo advertencia no hay engaño“, decía el papel firmado con una cruz.

La amenaza iba dirigida a los integrantes del Centro de Derechos Humanos Agustín Pro Juárez, donde Ochoa y Plácido trabajó durante 12 años.

De acuerdo con las primeras versiones de la Procuraduría capitalina (PGJDF), la abogada había sido asesinada por motivos políticos.

Sin embargo, tras dos años de investigaciones, (2003), La misma instancia concluyó que la abogada y activista en derechos humanos pasaba por periodos de profunda depresión y que se suicidó.

El caso Digna Ochoa fue reabierto en 2007, como consecuencia de un amparo obtenido por la familia y actualmente su caso se encuentra en espera del Artículo de Fondo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en Washington.

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